De la pobreza como máscara de la esclavitud y el afán de rapiña

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De la pobreza como máscara de
la esclavitud y el afán de rapiña

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Agosto 12, 2019 06:35 hrs.
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En la semana se dieron a conocer dos situaciones que ofrecen el retrato preciso de la vida pública canalla que, durante décadas, se ha querido ’ofertar’ como lo mejor que le puede pasar a millones de mexicanos.

De un lado, los muy pobres criterios para medir la pobreza que intentan maquillar el fenómeno y de otro, el asalto a la hacienda pública denominado como ’exenciones fiscales’, un boquete que alcanza los 870 mil millones de pesos, cerca del 15 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

Pensaríase que son cosas distintas y nada tienen qué ver, pero todo se entrelaza y una, la pobreza, muestra parte de sus resortes en el otro, ese atraco institucionalizado que favorece la concentración de la riqueza y la acumulación por la acumulación.

En cuanto a la pobreza, las escaramuzas originadas por las metodologías empleadas por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) y el Consejo de Evaluación del Desarrollo Social de la Ciudad de México (Evalúa), revelaron distintos anteojos para ver al mundo: uno, el primero, que cree que un ingreso diario de 98 pesos para el medio urbano y 65 para el rural, es suficiente para tener una vida digna, con alimentación, transporte, vivienda, pago de servicios, educación y salud, y otro, el segundo, que estima que las percepciones deben ser, como mínimo diario, 156 pesos para zona urbana y 142 para la rural.

Con esos parámetros, el Coneval reportó 52 millones de pobres en el país, con 9.3 millones en pobreza extrema, mientras que Evalúa calculó 90 millones de pobres, con 44 millones en situación extrema.
En todo esto y con independencia de la objetividad de los saldos, es un hecho probado que el estímulo de la riqueza en manos de unos pocos genera la ’acumulación por la acumulación’, es decir, no se invierte en la economía productiva sino financiera, particularmente la especulativa, y en consecuencia, hay más pobres. La ecuación es simplemente brutal y hay que remarcarla: a mayor concentración de la riqueza, mayor pobreza.

En este sentido, en esta semana se difundió con el decente pero encubridor término de ’exención fiscal’, un atraco en despoblado que, además, goza de impunidad jurídica. Para el ejercicio fiscal del año próximo, se calculó que 870 mil millones de pesos no ingresarán al erario; esto significa 15 por ciento del PIB, como ya se dijo, y es mucho más, casi 145 mil millones de pesos, de lo que se paga anualmente por los intereses de la deuda (725 mil millones de pesos para este año), la cual rebasa los 10 billones de pesos.

Sumados estos rubros, el abismo se traduce en Un billón 595 mil pesos, de los 5 billones 814 mil 291 presupuestados para el gasto de este año. Una barbaridad para favorecer no la inversión productiva, con lo cual se podría reducir la pobreza, sino la acumulación y la especulación.

Se imponen, entonces, modificaciones sustanciales. Exenciones fiscales, sí, quizás con un porcentaje vinculado al monto de inversión productiva, no a trapicheos contables ni fraudulentos escapes leguleyos.

A mediados del Siglo XIX el filósofo alemán Arthur Schopenhauer estableció que la diferencia entre pobreza y esclavitud únicamente es el nombre. Al final, aseguró, el ser humano termina por ser explotado en beneficio de otros, muy pocos (cosa de ver las condiciones laborales de millones de empleados ’formales’, tanto en el sector privado como en el público).

’Pobreza y esclavitud no son más que dos formas, casi se podría decir que dos nombres, de una misma cosa cuya esencia consiste en que las fuerzas de un hombre en gran parte no se aplican en su propio favor sino en el de otros; de ahí se deriva, por un lado, su sobrecarga de trabajo y, por otro, la escasa satisfacción de sus necesidades’, reflexionó (’Parerga y Paralipómena II’, Sobre la doctrina del derecho y la política, Capítulo 9, tomo II, pp. 257-263).

La diferencia entre ser pobre y ser esclavo, pues, está más en la forma que en el fondo y, según Schopenhauer, la ’causa más remota’, el origen de ’aquél mal que, bien con el nombre de esclavitud o con el de proletariado, ha pesado en todo tiempo sobre la gran mayoría del genero humano’, es el lujo.

’En efecto, para que unos pocos tengan lo prescindible, superfluo y refinado, incluso para que puedan satisfacer las más fingidas necesidades, se ha de emplear una gran medida de las fuerzas humanas disponibles y, por lo tanto, privar al necesitado de la producción de los bienes indispensables ’, sustentó el considerado campeón del pesimismo.
Y ’mientras de una parte subsista el lujo, de la otra tendrá que subsistir necesariamente el trabajo excesivo y la mala vida, bien sea con el nombre de pobreza o de esclavitud, de proletarii o de servii.’

Aunque va junto con pegado, cámbiese ’lujo’ por el rapiñero fenómeno de la ’acumulación por la acumulación’ por parte de enfebrecidos personajes financieros, banqueros, casabolseros y empresarios, todos pasados por ’inversionistas’ o metidos en el saco del alcahuete y abstracto término de ’los mercados’, y se tendrá a la vista el problema a enfrentar.

Schopenhauer hablaba de las circunstancias de su época, sí, lo cual no lo convierte en profeta ante la situación presente, pero con él se puede asegurar, de menos, que ’nos alcanzó el pasado’. Lo que hace la diferencia de la suya con la nuestra, y con otras, es la combinación del tono que describió fielmente el diagnóstico, seguido de acciones realmente transformadoras ( ojalá aquí también se obre el milagro de que el pasado nos alcance).

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