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Por Jesús Delgado Guerrero

El Covidiota como fuente de contagio (por partida doble)

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El Covidiota como fuente de
contagio (por partida doble)

Política

Diciembre 21, 2020 07:04 hrs.
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Por Jesús Delgado Guerrero

De entrada hay que reconocer el heroísmo de miles de médicos y enfermeras que han pasado las de Caín intentando contener la pandemia, y de solidarizarse con todos aquellos que, más por necesidad que por gusto, se han visto forzados a desafiar los peligros de todo este desbarajuste de tintes apocalípticos que ha significado al feneciente año 2020.
Para ellos, en vez de enderezar filípicas de corte romano y vituperios por deficiencias y carencias de un sistema abiertamente menguado por propósitos de privatización vía ’subrogación’, hay que agradecer su ejemplar comportamiento y su empatía con los que han sufrido, y sufren todavía, esta cuasiplaga bíblica. Es lo menos que se debe hacer.
Al contrario, lo que no puede festejarse ni tolerarse es el tradicional importamadrismo político, económico y social que también ha caracterizado a este período de emergencia sanitaria generado por el coronavirus o Covid-19.
Cada cual tendrá que evaluar porque todas las miserias humanas podrían enumerarse una a una, con sus fiestas clandestinas, jolgorios por cualquier motivo, la desinformación y ese afán por ir en contra del mínimo sentido común. Todos los elementos se han sucedido en cascada para considerar como viable, hoy más que nunca, la célebre propuesta lanzada por el profesor Eduardo Ibarra Aguirre: elevar a la pendejez a rango de derecho humano universal (es de suponer que una iniciativa así impondría al menos la organización de ’frentes’, colectivos y sus respectivos programas políticos y ’manifiestos’, así como las acciones necesarias para conferirle alguna atención).
Esto tiene que ver específicamente con el ya muy famoso Covidiota confeccionado por la jerga popular a partir de ciertos comportamientos, uno de los fenómenos que han desparramado lo ’humano, demasiado humano’ nietchzseano, y que lo han llevado a lo alto de las tendencias en los espacios mediáticos.
’Pálido’ y ’vale-gorro’, este ser etéreo tan enigmático como desconcertante pero tan real como letal, lo mismo es encarnado por ciudadanos de a pie que por políticos, financieros y monopolios mediáticos y comentaristas y ha podido cabalgar sobre los lomos, no de ningún cuarto equino como sugerirían las apocalípticas narraciones, sino sobre el de los demás.
Como antecedente, debe decirse que sobre la estupidez se ha concluido que su difícil tratamiento ha obligado a los mismos dioses a rendirse, según las consideraciones del filósofo alemán Friedrich von Schiller.
Igual, mentes privilegiadas sólo se han encogido de hombros, entre derrotadas y resignadas, frente al desafío: Einstein (’hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y del universo no estoy tan seguro’); Newton (’En ninguna parte del mundo he visto tantos tontos por metro cuadrado como en la bolsa. El especulador profesional saca más provecho de la tontería de los otros que de su propia inteligencia’…. Y sobre la misma estupidez financiera: ’Puedo calcular el movimiento de la estrellas, pero no la locura de los hombres’).
El último genio similar fue el astrofísico Stephen Hawking quien, antes de fallecer, alertó sobre las amenazas contra el planeta: la contaminación, la avaricia y, por supuesto, la estupidez. (’No nos hemos vuelto menos avaros ni menos estúpidos’, decía todavía en el año 2016, aunque nadie lo tomó en serio, como a Einstein, Newton y hasta Erasmo de Róterdam en su momento).
En esa forma, más por su estupidez que por su ignorancia, el Covidiota se convirtió así en el más temible conspirador social, político y económico-financiero que haya imaginado Dostoiewski; se trata de un ser incapaz de organizar nada, salvo fiestas, reuniones (navideñas o no), carnes asadas, cumpleaños y hasta ’felices’ retornos de seres y parientes que resultaron infectados por el bicho y lograron salvarla’ (esto amén de mentar madres, golpear a médicos y a enfermeras y, ya en abierta conspiranoia, vandalizar unidades policiacas, vapulear a policías y a funcionarios por pretendidos actos cuasi-terroristas, atentados contra la paz social o el bien común disfrazados de acciones oficiales).
El Covidiota, como los inversionistas de la bolsa y los templos financieros y otros, también es ’guiado por una mano invisible’ que, en perfecta sincronía, es capaz además de pasar por talento, como un ser progresivo, presuntamente rebelde, siempre dispuesto a perfeccionarse, echado pa´delante aunque sus actos lo lancen nuevamente pa´trás, o incluso al fondo.
Contra esto no hay vacuna y, al parecer, ni la habrá (aunque no hace mucho se lanzaron provocadoras propuestas para que la estupidez sea investigada por un grupo de científicos como la más grave pandemia que haya azotado nunca al mundo, además de comenzar a impartirse en universidades y colegios como ’asignatura troncal’).
Mientras esto llega, ante el ’Covidiota’ sólo queda guardar ’sana distancia’ porque, y esto quizás se ha ocultado para no causar alarma pero es más que evidente, ha resultado doblemente contagioso (al final lo de menos sería el bicho pues ya hay antídoto, sino lo demás).
Por último, con toda seguridad el ’Covidiota" no va a figurar en ningún ’once ideal’ de alguna revista (así como hacen las futboleras); tampoco va a destacar en el elenco de ’hombre o mujer del año’ de publicaciones frívolas o financieras en sus recuentos ’meritocráticos’ de fin de año ni va a ser nominado a los Óscares ni otros premios, pero de que su actuación ha resaltado y robado la atención no hay duda, y por eso forma parte ya de las ’luminarias’ de este agonizante 2020, ganándose un lugar en los anuarios, en la mofa macabra y en la censura general.


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